Mientras sonaban
violines y orquestas infinitas al compas de un aire rojo color invisible que
acercaba nuestras narices frías y los copos de nieve bailaban el vals de sus
nacimientos. Tus brazos abrigaban los míos protegiéndolos del temor de no volver a
abrazarlos. Nuestros labios desean un encuentro eterno, nuestras manos se
entrelazan, tus ojos color amanecer sonríen y mis mejillas enrojecen,
despertamos de repente y seguimos al compas de nuestras voces hablando de no sé
qué.
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